La belleza de la vida

 

            La diez en punto, es la hora de dormir entre semana. Mi hijo mayor entra a la recámara, deja caer su largo cuerpo sobre el lecho. Con sus 1.70 metros  de altura se acurruca a mi lado para darme las buenas noches y me da un beso en la mejilla. Me da risa pues me pica su bigote que le ha vuelto a salir  “Se te ha olvidado rasurarte” le comento y le doy instrucciones de donde están los rastrillos nuevos. Se acaba de bañar y el olor de la loción masculina inunda la habitación. Se despide y vuelve a su interesante platica que sostiene con su amigo “Apaga ya ese teléfono” le dice su padre y con un gesto de ligero disgusto lo apaga y sale, al mismo tiempo su hermano entra. No tan alto, pero lo suficiente como para alcanzar a tocar mis pies, mientras se acomoda para darle su beso de “buenas noches”. “¿Me compras otro celular?” pregunta, luego de un largo abrazo. “No lo necesitas, es suficiente con el que tienes” le contesto, para después besarle su oscuro cabello. Me empieza a hablar de gigas, de pixeles, de megas y cosas que a duras penas entiendo. No, la decisión es irrevocable, no hay celular nuevo, y no porque no lo merezca, es un niño excelente. Le explico que él no necesita tanta tecnología y los peligros de andar por la calle con un aparato muy caro. Ya tiene doce y aun así levanta un puchero, pero se repone y se va a dormir.  Se oye un alboroto en su cuarto y después, apagan su luz. No pasa mucho cuando oigo sus leves suspiros de sueño, y ya, acostados e iluminados bajo el manto lunar los veo, y recuerdo a mis dos hermosos bebés y pienso como cuando uno, ya grande, sigue siendo un niño pequeño a los ojos de nuestro padres y en los ciclos de la vida.
            Tuve a mis hijos muy joven, tendría 22 cuando tuve al primero y 23 al segundo. Cuando nació el más grande, podía pasar horas contemplando sus graciosas manitas, viendo la perfección humana reducida a ese tamaño. Sus pequeñas uñas y el miedo que me daba cortárselas mal, la hora del baño, cargándolo en la tina, con nervios, pues para mí era una verdadera joya delicada, la noches dándole pecho y los consejos de mi abuela para el cuidado, mi estante se llenaba poco a poco de revistas para padres. Pero, sobre todo, lo que más recuerdo de esos días fue uno en especial: era medio día, había un silencio donde apenas se oía el suave murmullo de un ave, el sol iluminaba la habitación  y en ella había un ligero aroma  avainillado,  mi hermoso bebé dormía tranquilamente y, pensando en la belleza de ese momento, despertaba, primero con un leve quejido y luego con un sincero rugido para terminar en un llanto estruendoso. Si, él era mi hijo.
            Tenía ocho meses de edad cuando el ginecólogo me avisa que viene el segundo. Lo sospechaba, mi sentido del olfato se había agudizado tanto que podía determinar el momento exacto en que un pañal estaba sucio. Y, a pesar de no haber descansado tanto como con el primero, esperar al segundo  fue toda una aventura, así como su nacimiento, diferente al primero, doloroso y bastante memorable. Pero volví a asombrarme con la belleza de la vida, volviendo a ver la misma perfección humana plasmada de nuevo en ese pequeñito ser. Claro, ya tenía más experiencia y  no me podía dar el lujo de titubear,  eran dos personitas a las que cuidar, tenía a mi bebé grandote y a mi bebé chiquito. La casa se lleno de ropa de diferentes tamaños, Elmo era nuestro héroe y leíamos todos los cuentos de Winnie Pooh.  Cantábamos y me sorprendió como me podía divertir con Dora la Exploradora. La simpleza de nuestras vidas era nuestro lema. Entre los quehaceres bailábamos con Cri crí y podía dejar un rato los trastes para jugar a las cosquillas. Cuando había silencio, era porque algo tramaban o bien, los podía encontrar en su cuarto, blancos como fantasmas por el talco que se habían derramado. No pedían muchos juguetes, eran tan ingeniosos que podían jugar con unas cuantas cajas y botes vacíos de avena o les hacia un fuerte con sabanas y sillas en medio de la casa. Nuestras siestas en la tarde y digo nuestras, porque yo me recostaba para hacerlos dormir y los tres terminábamos dormidos en la cama. Las carreras para ver quien llegaba primero a saludar  a su papá y como se le colgaban al despedirse de él por las mañana. Su escuela y sus primeros logros, cada uno siendo diferentes, y, sobre todo, siendo auténticos.
            Conforme pasaron los años, la simpleza de nuestras vidas se quedó a un lado. Las cajas y botes de avena se convirtieron en pistas de carreras, luego en vídeo juegos. Las canciones de Cri Crí quedaron atrás y ahora oyen a Metallica. Sus playeras con caricaturas fueron donadas a la siguiente generación de niños de la familia y ahora buscan que lleven insignias rockeras y siempre andan con audífonos moviendo la cabeza de atrás a adelante. Se pelean más, pero al rato platican normal y de vez en vez me dan sorpresas agradables con el hecho de decir “pase a la tienda y le compré esto a mi hermano”. Ya no son para nada esos niños a los que podía cargar al mismo tiempo para bailar “La negrita cucurumbé” y que su cuarto olía a talco de bebé. Para nada me piden  que bese su muñeco de peluche para “tener tus besos cerca de mí, mamá”. Ahora son dos muchachotes que me escoltan en la calle, y que tienen sendos vozarrones. Me recuerdan que todavía son chicos cuando en las mañanas los tengo que levantar al ritmo de “Buenos días chicos, ya amaneció” pero para el sábado son grandes de nuevo cuando me piden ir al cine con sus amigos “Nada más, mamá, me dejas antes del cine. No quiero que vean que mis papás me llevan todavía”
            Así son, recuerdo que así era yo y me tranquilizo, pues, considero, uno se normaliza con la edad. Uno piensa las cosas mejor y, si ahora volviera a ser madre, me relajaría y disfrutaría más. Es cuando pienso que uno siempre será un niño a los ojos de sus padres.


            Me acerco a sus camas y los cobijo bien. Aun conservan, escondidos en su cuarto, sus viejos peluches de Elmo y Winne Pooh. Mi hijo mayor no se da cuenta que estoy ahí, sigue dormido sin percatarse de nada. El menor siente mi presencia y,  con ojos cerrados, me extiende sus brazos, la belleza de la vida se resume en ese instante.

6 comentarios:

  1. Yo no tengo peques, pero me ha encantado leer tu historia.

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    1. Muchas gracias. Para mi fue un gusto compartirlo con ustedes.

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  2. precioso relato a mi me ocurre lo mismo con mis hijas aunque ya tienen 28 y 21 años siempres las veré como mis niñas pequeñas

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    1. Gracias. Si, así es, siempre serán nuestros bebes. 💚

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